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miércoles, 22 de agosto de 2012

Historias Mínimas 1


Alguna vez jugué al ajedrez, viendo a mi padre interesarse en ese juego decidí aprenderlo; es así que leí jugadas para ver en qué consistía el mover piezas luego de varios minutos de concentración; sin embargo lo que quiero contar está más allá de ese deseo de conocer una actividad nueva sino más bien lo que aprendí a consecuencia de su práctica. 

Cuando era niño y cursaba el 6to grado de educación primaria, participé en un campeonato distrital de ajedrez pero representando al colegio donde estudiaba y si bien no era el único, yo pertenecía a un grupo de compañeros que habían sido seleccionados para ser parte de este evento. No voy a negar que estuve a punto de no participar pues para el primer partido, debido a una mala coordinación de mis profesores, me avisaron a última hora del primer encuentro, lo que recuerdo es que un día antes la línea de mi teléfono tenía problemas y no pudieron avisarme; de tal manera que me reemplazó un compañero que fue vencido sin atenuantes por un jugador del colegio San Agustín. Detalle que al pensarlo detenidamente fue bueno para mí ya que los estudiantes de este centro educativo tenían profesor de ajedrez y dominaban muy bien este juego, digo que me benefició pues nunca supe cómo me hubiera sentido de haber sido vencido avasalladoramente. En la segunda fecha, a la que me acompañó un primo mayor que yo por varios años, no me fue bien; mi rival era el colegio 1065, lo curioso de esa partida es que yo me rendí creyendo haber perdido a la reina y quién sabe si por nervios o ansiedad simplemente dejé de jugar ante esa desventaja. Lo que me sorprendió es que el niño rival, al percatarse de mi rendición, deshizo el juego apresuradamente con sus manos y cuando ya había sido contabilizada mi derrota, mi primo me reconstruye la jugada y me hace ver que efectivamente yo todavía tenía posibilidades de capturar también la reina de mi oponente. Como vemos, eran juegos infantiles donde había mucho error por ambos lados. 

Esa situación me puso de muy mal humor, me lamentaba haber sido tan ingenuo y tan despistado. Sin embargo, quedaban dos juegos más y para este tercero me acompañó mi padre ya que fueron programadas para un fin de semana y en un día jugué las partidas restantes. A primeras horas de la mañana, mientras esperaba el llamado para jugar, un muchacho mayor por dos o tres años del colegio San Agustín –así estaba escrito en su casaca naranja- me pidió que me sentara en su mesa e iniciáramos un juego, le hice caso e hicimos un par de movimientos dándome cuenta que en realidad sabía muy bien lo que hacía y que tal vez no fue buena idea jugar con él en ese momento; de pronto, para mí alivio, ya era el turno de mi partida de campeonato. Mi padre me avisó y mientras caminábamos hacia la mesa él me decía “Ya lo vi jugar a ese muchacho –refiriéndose a mi próximo rival-. en realidad no sabe mucho, le ganarás con facilidad”,  al escucharlo me pasaron varias ideas por la cabeza, el tiempo que tenía entre los pocos pasos de distancia que me separaban de la mesa no eran suficientes para esclarecer ciertas dudas con respecto a lo que mi padre me decía.

Yo jugué ante un estudiante de mi edad del colegio San Jorge, lo vencí con facilidad por la confianza que mi padre me dio pues le hice jugadas arriesgadas y sorpresivas, tanto así que cuando le hice jaque mate y le di la mano para cumplir el protocolo de finalización del juego, él no levantó la vista y se quedó mirando el tablero sorprendido, al rato llegó el supervisor, me dio el punto y recién ahí el otro muchacho me estiró la mano. Así también vencí al segundo oponente de un centro educativo que ya no recuerdo.

Esa fue la única vez que participé en un campeonato de ajedrez, y cada vez que la evoco no siento que perdí, ya que la primera partida -que en realidad fue la segunda- siempre la percibí como una victoria moral porque sentí lástima de mi rival al recordar que desbarató el juego por temor a que me percatara de mi error; y así sea una derrota la de ese día, cuando veo en el fondo su falta de legitimidad, no la siento así.

Las dudas que me quedaron por aclarar antes del tercer juego eran: ¿cómo mi padre sabía que mi rival no conocía mucho del ajedrez?, ¿en qué momento lo vio jugar si era muy temprano por la mañana? Con el pasar del tiempo me costó explicármelo porque en el pequeño mundo que había vivido, no comprendía aún el concepto de la sugestión y cuando ya lo llegué a  conocer recién le pregunté a mi padre sobre ese hecho y él me respondió inocentemente que en realidad lo mencionó para darme valor porque me veía nervioso. 

Creo que ese día, mediante la práctica del ajedrez, conocí la fe antes de saber en qué consistía.

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