Si la luz muriese, sería nocturno y te buscaría en penumbras; y sujeto a la diestra mano, el tenue fulgor encendido por la intermitencia de un recuerdo esparciría tímida claridad. Andaría con la búsqueda insertada en la garganta, tragando tu ausencia al avanzar entre la bruma intentando descifrar lo ya visto con reflejo de luz astral. Casi todo perdería su nombre si la luz muriese, menos tu recuerdo; perdurando en la oscuridad de la vieja melancolía porque ella estuvo acostumbrada a habitar en la imagen de lo evocado en mis crepúsculos solitarios, siendo la brújula inconsciente del desvarío desesperado. Así daría unos pasos –centímetros de tormento al ya no verte- en los senderos inacabables, laberínticos que han devorado la realidad que huyó sin suerte del olvido, de la intensidad del torrente cotidiano. No obstante, seguiría los pasos benditos de neón abandonados, el halo fundido en el aroma de tu aliento, alucinado, entregado a una búsqueda intranquila envuelta en absurdo júbilo con la creencia de que al ya haber muerto la luz, la luminosidad con que encandilabas mi travesía no era por la refracción de un ególatra Sol, sino que era tuyo el resplandor anhelado y aparecerías finalmente sobre mí siendo el lucero luminoso que construye mi infinito.
Pero la luz murió, no la dorada, esa que viene muy tarde, la que muere en la incandescencia del estío o en el abrigo del invierno; sino la tuya, y que después de extraviar tu resplandor, hasta el viejo Sol me parece una remota Ganimede de Júpiter.
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