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jueves 14 de julio de 2011

La Certeza Final




No deseo comprender a los demás, fatiga al entendimiento, retiene al espíritu en una caja e impone la voluntad ajena en nuestra conciencia. Es preferible caer en la necedad libre, fresca, pura y auténtica a declinar el parecer propio ante argumentos engañosos y potencialmente erróneos. Ante indetenible conclusión, no me queda alternativa a vivir lejos de todo lo que necesite un consenso porque la voluntad ajena  contienen motivaciones distantes a la que nosotros hubiéramos optado de no haber tenido que atender a esa insensata idea de escuchar primero y luego opinar.

Por tal razón, es preciso encontrar una acción donde dicho albedrío pueda ser practicado pues convencidos estamos que una idea sin praxis es sólo una metáfora, un verso de un poema que sólo se declama. Dicha tarea no es sencilla, la búsqueda es de difícil hallazgo así tomemos de ejemplo la historia. Los más despiadados déspotas, aquellos dueños de su propia verdad casi siempre terminaron envueltos en el error de sus caprichos; sin embargo ¿Me contradigo con esta expresión? Pues no, porque la necedad no es de su argumento, de su punto de vista sino de su actitud, muchos creyeron que sus primeras ideas eran las correctas, que lo basado en su experiencia  no les haría fallar pero al final sucumbían a su desgano por confrontar consigo mismo sus apresuradas conclusiones. Porque la propia opinión la que surge de nuestro carácter no es un acto de egocentrismo sino de un diálogo interno, la conversación más sincera que uno jamás pueda tener.

Al final, las decisiones son propias y si bien cuando tomamos en cuenta lo querido por el resto ya estamos en pleno proceso de comprender lo ajeno, lo ideal es apartarse de aquello y así optar por una opinión libre, auténtica donde sólo se considere lo correcto, virtuoso, coherente y consecuente con los actos posteriores. Si tomamos una decisión en base a los valores ajenos, los actos posteriores pueden contradecirse con el primero debido a que no los motivan los mismos principios extraídos de un consenso quizá innecesario.

Ahora qué acción es pura, libre de toda opinión ajena, donde se extraiga la esencia del pensamiento original y llevado al mundo real. Imaginando el discernimiento personal como aquello del cuál no se podrá contradecir en el futuro, una acción que no pueda ser contaminada por la culpa o la acusación de los demás. La muerte puede ser una de ellas como consecuencia de una conclusión reflexiva. Así estaremos blindados de la megalomanía  inspirada en nuestro albedrío de opinión para que no nos lleve al error; y la muerte es perfecta en este sentido, nadie se arrepiente de haberse matado, quizá de intentarlo pero ello ya es un error que echa a perder mi postulado.

Es momento de trabajar en dicha opinión y certeza.


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