Una época enajenada, ausente de gigantescas sombras, roba la vida y llena de desencuentro al alma de un pueblo. Sin aflicción por lo perdido, realizamos la demanda general, liberada en el abismo oscuro y perpetuo perfumado de tinieblas, disfrazado de república. El país de los mudos y observadores, sin espíritu de centinela, ni alertas al lacerante fuego del horizonte que se acerca sino son los miradores indolentes de la decadencia del fervor y la adoración.El quiebre latente, donde todos los días se rompe algo y se exalta un extraño respeto meritorio al hacerlo, impide la construcción de la fe al estar sobre nubes durmientes, vaporosas sin pulsar la firme palestra sobre la que cada pueblo se sostiene cuando el cielo se cubre de gris combate. El eterno, terco yugo, que aprisione la conciencia hasta hervir bajo el Sol los ideales pensamientos de un venturoso ciudadano, nos ha abandonado.
Son extraños nuestros hermanos, pues disfrazados de colores, aceptan sus saltimbanquis con voraces ojos de odio hacia el gastado y cotidiano rostro por ser el reflejo de la repitiente angustia ajena. No existe respiro pero sí horror, asumiendo que la cruz de Cristo es un trémulo pensamiento olvidado con dosis de felicidad, inconciencia e insensatez.
Tanto desorden de sentimientos, confusos y lejanos al imperio, pues la muerte agorera nos declama que el desarrollo es destrucción y no construcción en la cual los hermanos se dicen extraños y rechazan los brazos del que clama ayuda, porque nuestra bandera tiene los colores de la compasión y no del valor, donde la identidad se asume como cuerpos caídos en una estéril tierra y se idolatra el derecho a degustar los frutos sin el esfuerzo de la cosecha.
¿Qué se puede representar de este pueblo? ¿Dónde está su alma?, ¿Hay algún mural donde esté impregnado la cultura embravecida de nuestro pueblo?, ¿Hay alguna señal de un destello original que haga enceguecer al rival? ¿Quién labra en estas tierras cubiertas de fango y humus? Somos la inconciencia, el aire silbante en el oído de un soldado con lo tímpanos inflamados. Tallos que apenas crecen y que tiempo después una brisa de occidente los arranca del efímero pedestal.
Nunca antes el exilio fue más claro, nunca antes lo desconocido ha sido más certero, nunca antes el abandono es señal de esperanza y buena ventura. El presente es nebuloso y al mirar hacia atrás, es negra la noche de tu cortejo. ¿Qué hicieron con la claridad del imperio? ¿Dónde están los dueños de las llanuras y las montañas? El significado artificial de los desvaríos del presente, arrojados al panteón del olvido.
Y será un día que con pechera de cobre y corona de ave, él, nosotros impondremos la indolente voluntad, iluminando la penumbra que reconstruye los cimientos de nuestro fervor perdido. El llanto etéreo se detendrá para ser relevado por el silencio reflexivo de quienes, entre el dolor y deseo, buscan la reconstrucción del imperio.





