Porqué fingir el amor, si las lágrimas brotan con dolor y tormento, quién nos puede decir que lo nuestro es falso cuando al sentir tu desgracia, me quiebro en culpa y desasosiego. Nadie podrá echarme en cara por no amar a la humanidad cuando he dado hasta lo último de mi juventud por hallar algún sentimiento cautivo en los corazones humanos más ásperos encontrados en mi camino. Sí, yo amo a la humanidad más no a los hombres. De lejos, en ideal, son hermosos y llenos de posibilidades, en movimiento son la esperanza de un destino mejor, el camino brillante deseado.No me podrán juzgar por no sentir afecto por lo que no se puede alcanzar, mi decepción es real, sin embargo mi cariño es absoluto. Existe una lealtad que me persigue a todas partes, la lealtad a lo humano.
Hubo un tiempo en la cual la naturaleza del hombre me conmovía, alucinando un destino desastroso para los que escogían el sendero que irrita a los corazones bondadosos, porque creía que si ellos no imaginaban la visión espectral de un mundo de principios, caerían en la más inclemente brutalidad, andando por la vida, absortos en su necedad e imbecilidad. Me encontraba lo suficientemente listo como para hallar el vacio en sus almas carentes de calor e imaginaba cómo es que seres que se mueven e interactuaban con otros hombres podían sobrevivir teniendo barro en el pecho y arena en las venas. Y deducía que sus cabezas eran parásitos elefantiásicos que reaccionaban ante un sencillo estímulo del mundo exterior, que sus pulmones emanaban polvo en vez de aire, que sus ojos absorbían la luz del día en vez de iluminar su camino y que su tacto era tan torpe como la lija que roe la herrumbre del hierro.
En mi audacia, los amaba como se ama a una bestia: con ternura por su imbecilidad, por su tosca maldad y su esforzada bondad. Eran bellos y me deleitaba la vista, pues me llenaba de orgullo el hallarlos, tenerlos cerca y por ser parte de su estúpida pureza. Yo me encontraba con ellos, en el centro mismo de la decadencia humana, el núcleo del pecado original. Era el espectador privilegiado de un espectáculo que Dios se había negado a presenciar. Era el demonio deleitado por la autodestrucción desgarradora e inocente del hombre expulsado de un paraíso infiel.
No me podía quejar, yo pensaba en ellos, no los abandonaba y sin miedo, con el dedo acusador, enumeraba sus pesares y les daba un final acorde a su naturaleza barbárica y natural. Expiaba alguna culpa, observando lo que ellos no podían ver. Pero… ¡Cómo no lo iba hacer!, si en su imbecilidad no podían saber que tanto lo eran.
Eran para mí eso los hombres, seres taciturnos que colmaban mi imaginación como conejillos de indias de mis pesares y sentimientos, yo los tomé como pruebas vivientes de las adversidades y desventuras de espíritus inacabados, desertores de grandes ideales o ideologías. La humanidad, era el rebaño descarriado al que tenía que perseguir no para encaminarlos por el buen sendero, sino para seguirles el paso explorando hacia donde los llevaba su temor y ansias de libertinaje. Pero eso, ya terminó…
¿Cuándo acabó esa fraternal compasión por los imbéciles de corazón?, ¿En una noche? ¿En un desencuentro? ¿En soledad? Tal vez cuando los observé en el fondo de lo posible, entre las llamas de infierno viviente y terrenal. Sí, creo que en el instante que sentí sus llantos y desesperación, supe que ellos también podían observar, pero no lo que puede ser, sino lo que no fue. Sus lágrimas eran el comienzo de su nuevo amor y el inicio de su desventura.
Todos ellos, que lloraron delante de mí, me dieron la imagen de lo grotesco, de lo impostado, no eran ya auténticos, su mirada dejó la transparencia y se volvió negra y profunda. Su rostro de animalidad cobraba la humanidad temida. No eran seres triunfantes, sino hombres fantasmas, irritantes para mi observación. Es por eso que, tal vez, mi papel como espectador exigía el repliegue.
Pues, preferí subir al monte y perderme como ermitaño, antes que deduzcan mi dionisiaco plan: el estar entre ellos con la máscara de gran hombre y así evitar que descubran la pura imbecilidad con la que me deleité. Pues, el mal que han aprendido a idolatrar en sollozos, les da las armas para profanar lo puro y excelso construido con indiferencia y afecto.
La malicia surgida por lo perdido, ve al mundo negro y nebuloso. Los hombres son presas de caza y la humanidad una condición ha destruir. El aniquilamiento de ideales y principios será la más desnuda venganza por su llanto derramado. La mano descarnada que adrede, zambulle, en lava ardiente, para sentir el dolor que haga renacer sus deseos de vendeta.
Elijo la retirada, pues amo a la humanidad y desde el llano sólo veo a los hombres con sus ojos inyectados de furia y recelo, mientras que en las alturas, son un espectro multiforme de colores, donde a veces uno puede ver un campo de flores multicolores o murallas de piedra resultado del amor de civilizaciones.
La humanidad es pintura, los hombre nidos de ardiente furia.











