Buscar este blog

Cargando...

martes 1 de noviembre de 2011

El Deber




El Deber

Y los deberes reclaman nuestro destino
Los hicimos esperar soportando su desencanto
Reclamando la sangre, la transpiración que zozobraban
En la incertidumbre de la próxima primavera.
Nos vamos al albur
Espiral atrayente que abate el enorme estandarte
Del que se sujeta lo amado.

Ante las palabras que angustian el hastío
Nos dirigimos mudos hacia donde los párpados ya no anhelen pereza
Y sea de necesidad plena estar siempre de pie sin caer de rodillas por un susurro.
Con los pertrechos, sellando el andar vamos por primera vez, como muchas luego
Lejos, donde ya no nos alcancen los recuerdos que nos rodean en este campo de regocijo.

Lo amado y deseado se aparta sin voluntad de aquello que se aleja, pues
No se van con nosotros,
 Y  en donde se llegará el afecto pesa y el deseo desconcierta
Ojalá no olviden que regresaremos así no sea seguro
No asesinen el recuerdo de nuestra vuelta
No nos santifiquen en nuestra ausencia
Sólo iremos a amanecer bajo otro sol que no verán.


Bombardero




Bombardero


El bombardero desciende plomizo
Y pobre el alba de cenizas derrumbadas
Más allá en estado de evaporación.

Escalofríos esa inmortalidad que desaparece
Condenada afligida por la estructura
Deformada de explosión trágica.

Y si ese mal tan descascarado es el instrumento
De cuerda apretando la armonía
Solo por el ardor de la nota estruendosa.

Por qué no tocar fuerte la trompeta de guerra
Para acelerar todos sin necesidad de palabras con grito.

Sobre tal espectro planean los cernícalos deseosos
De no bajar a esa triste condena del cansancio
Y si aterrizan barriendo las miserias del desaire
Es por la pereza de quien se cansa de estar en la cima
Por tiempo prolongado.

Bombarderos que anhelan alunizar antes sobre tierra objetivo
Aguardando a que sus propios misiles
Descabecen las cabinas envueltas en oscura verdad.


martes 25 de octubre de 2011

La Anticipación a la Nada

La complejidad de la claridad al escribir o hablar surge por el desgano por expresar con certeza aquello que se piensa y siente (se comprende lo imposible que puede ser); el lenguaje es comunicación, decir con códigos conocidos el bienestar, el malestar, lo sabido de la realidad; una impresión interna excesiva que anhela desbordarse en letras y sonidos destinados a aprehenderse en la conciencia o emoción ajena. Ahí podemos hallar un inconveniente pues basta un adjetivo para descubrir, crear o destruir un mundo mental que en los otros se ha generado o se está por generar, y siendo conscientes de aquella visión uno desea no intervenir porque quizás tal creación o expectativa por ella -una palabra de más- puede alterar lo ansiado, suponiendo también que a uno, el que desea expresar, tal palabra o tales palabras puedan perturbar lo ya estructurado. La intolerancia por quebrar un suave color o infectar la imagen perfecta nos hace vagar en lo incomprensible, en lo indirecto o en el silencio, asumiendo que la ambigüedad es circundar aquello en lo que no se quiere intervenir. Siendo el observador de lo ajeno, película oscura que impide el traslucir de un yo distante, impuro, porque lo ajeno es impuro, incontrolable continente de lo no conocido, lo descontrolado y de desencanto latente.

Rodeado por escenarios tan claros, interpretados, comprendidos y explicados nos lleva a la innecesaria tarea de ser también claros, interpretados, comprendidos y explicados. Nos asumimos como demasiado poco para alterar lo que en otros es preciso y delimitado, se requiere una parte muy reducida de nosotros para crear un ser perfecto, un gesto. Una oración es suficiente para ser la sincera semiclaridad de la impresión perfecta, transformándonos en la esperanza indispensable para el suspiro mañanero o el insomnio nocturno. Poseemos lo incomprensible, como sería ese todo “yo” en un adjetivo o un grupo de ellos, ciertamente no por la confusión entre el alma y la carne, sino porque en el otro, del que se intenta interpretar lo más recóndito, existe la necesidad de ser esperanza y quizás también decepción. A veces nos detenemos en nuestra proyección para que se fermente el planeta en el universo social o personal, una caricia es una primavera, una mirada el despertar, los versos la nueva creencia en un dios personal y desconocido.

Somos intermitentes, la falta de claridad en la expresión nos hace prescindibles como existencia plena y constante, esos vacíos de la incomprensión nos vuelve seres celestiales, perfectos y dignos de angustias y los más concisos odios. La materialidad de nuestra existencia se basa en la lejanía de quienes somos o quienes queremos que sean los otros. La necesidad de que aquello que existe, deje de existir para quedarnos con el enigma de su ser, en ello está las más deliciosas certezas, las que nos llevamos a los sueños de la muerte.