
La complejidad de la claridad al escribir o hablar surge por el desgano por expresar con certeza aquello que se piensa y siente (se comprende lo imposible que puede ser); el lenguaje es comunicación, decir con códigos conocidos el bienestar, el malestar, lo sabido de la realidad; una impresión interna excesiva que anhela desbordarse en letras y sonidos destinados a aprehenderse en la conciencia o emoción ajena. Ahí podemos hallar un inconveniente pues basta un adjetivo para descubrir, crear o destruir un mundo mental que en los otros se ha generado o se está por generar, y siendo conscientes de aquella visión uno desea no intervenir porque quizás tal creación o expectativa por ella -una palabra de más- puede alterar lo ansiado, suponiendo también que a uno, el que desea expresar, tal palabra o tales palabras puedan perturbar lo ya estructurado. La intolerancia por quebrar un suave color o infectar la imagen perfecta nos hace vagar en lo incomprensible, en lo indirecto o en el silencio, asumiendo que la ambigüedad es circundar aquello en lo que no se quiere intervenir. Siendo el observador de lo ajeno, película oscura que impide el traslucir de un yo distante, impuro, porque lo ajeno es impuro, incontrolable continente de lo no conocido, lo descontrolado y de desencanto latente.
Rodeado por escenarios tan claros, interpretados, comprendidos y explicados nos lleva a la innecesaria tarea de ser también claros, interpretados, comprendidos y explicados. Nos asumimos como demasiado poco para alterar lo que en otros es preciso y delimitado, se requiere una parte muy reducida de nosotros para crear un ser perfecto, un gesto. Una oración es suficiente para ser la sincera semiclaridad de la impresión perfecta, transformándonos en la esperanza indispensable para el suspiro mañanero o el insomnio nocturno. Poseemos lo incomprensible, como sería ese todo “yo” en un adjetivo o un grupo de ellos, ciertamente no por la confusión entre el alma y la carne, sino porque en el otro, del que se intenta interpretar lo más recóndito, existe la necesidad de ser esperanza y quizás también decepción. A veces nos detenemos en nuestra proyección para que se fermente el planeta en el universo social o personal, una caricia es una primavera, una mirada el despertar, los versos la nueva creencia en un dios personal y desconocido.
Somos intermitentes, la falta de claridad en la expresión nos hace prescindibles como existencia plena y constante, esos vacíos de la incomprensión nos vuelve seres celestiales, perfectos y dignos de angustias y los más concisos odios. La materialidad de nuestra existencia se basa en la lejanía de quienes somos o quienes queremos que sean los otros. La necesidad de que aquello que existe, deje de existir para quedarnos con el enigma de su ser, en ello está las más deliciosas certezas, las que nos llevamos a los sueños de la muerte.